miércoles, 27 de mayo de 2009

La ultima rana del cielo

Un día más, un milenio menos, la dulce melancolía de las paces sobre los tules de aire, aquellos que menguan cuál garúa entrelazada, no es una hora más ni un suspiro menos. No. Sólo es la noche sin sueño.

Encontré cual priorato mi cáliz en un sueño sin igual, fue como si un oso encontrase el ADN de mi vida en sus garras sin afilar, una nueva manía, una noria se apoderaba de mi cada vez que miraba al espejo, lo veía y el agua de su reflejo me regresaba lo dulce de mi tatuaje, ese que me hice hace 20 años en un día cálido.

Era mediodía y siguiendo a la novia de ese entonces, quisimos retratar nuestro amenazante keroseno, sabíamos que no daba para más y así fue al mes siguiente terminamos peleados y solos otra vez, ese día ella bosquejo una sonrisa en mi piel, quería un corazón, una flor y un cráneo y sobre estos su nombre y el mío. Pero fue un sabor amargo, un hastío, una congoja sobrevino en unos momentos antes de empezar la usanza descrita, opte por un tatuaje algo rosa, sin sabor para ella pero para mi fue un catalizador que en mis noches de ausencia me serviría de motivación, una pequeña muñeca de porcelana a la que triste y audazmente llame: Ángela. Era una graciosa niña de casi 10 años, sentada en mi hombro izquierdo jugando con una cajita de música que tocaba sin parar, Para Elisa de Beethoven. Sonreía, Ángela, corrompida por la aspereza de piel magra.

Mi cáliz ese día fue un artículo en una revista de moda, no recuerdo el nombre, porqué no la frecuento como quisiera, me la encontré en la sala de espera de mi dentista; fui porque tenía ya una muela del juicio que no me dejaba en paz. Ahí tras un tópico salaz, se anunciaba la colección de ojos pardos, de vidas frías, de madera, porcelana y de plástico. Todas ellas vestidas de forma suculenta, unas con jersey, otras con vestidos estilo María Antonieta, otras más con vehementes trapos que no empobrecían solamente los cristales. Todas ellas sonrientes, serias. Tal como las amaba.

Muchos decías que mi plangonologia, el fino arte de coleccionar muñecas me hacían ver cuál pedófilo de closet. Sin embargo todos los sábados, me ungía con el mejor de mis trajes, a veces unos carmesí, otras de lino blanco y sudadera pastel, por poco parecía un tipo de esos frágiles, de hijos de mamá, pero nada de eso, solo me gustaba estar presentable para que ellas, mis amadas muñecas se enamoraran de mí.

El domingo de la semana siguiente cogí un paraguas color negro, con una empuñadura en forma de cabeza de águila, un presente del lugar a donde iba cada seis meses, desde casi tres años, para poner en mi cuerpo una tras otra, las apacibles miradas de mis querubines, en total llevaba cerca de 9, seis hechas en ese mismo lugar, uno muy cercano al centro de la ciudad, y los restantes en una playa del sur del país. Ellos al ver como un día caía el agua como exangüe me prestaron la sombrilla del dueño, pero por costumbre no la regrese. Ese día también llevaba una gabardina color caqui, vestido casual y con un portafolio color tabaco cruzado en mi pecho donde cargaba siempre a la madre de Ángela, la carismática Teressa, un ser cuyo rojo en pelo hacia más un poco más furtiva la sonrisa de ella.

Visitamos cada aula como dos amantes en su noche de bodas, ella bailando un vals del cielo, yo recitando el verde de los ojos de cada uno de las muñecas, fuera el día iba durmiendo, una tormenta venía del este del país, viento leve y lluvia ligera, eso decía el canal del clima en la mañana, el paseo duro alrededor de dos horas, con todo y una refrescante comida, un vino tinto, un tempranillo Malbec Argentino, y unos entremeses llenos de paté de pato, salmón, todo lleno de oropel sin necesidad, lo único rescatable era poder comer sintiendo las miradas de cada una de las presas, de las que Vivian en el recuerdo de las marquesinas, de los rojos terciopelos y de las sillas llenas de ostentosidad donde cada día y noche permanecían adornadas, sentadas con las piernas como señoritas, siempre dulces y hermosas.

Esa lluvia me recordaba los días en las playas, cuando sentado cerca del mar junto a una dama que apenas había conocido, se llamaba Carmen, de tez tostada por el sol y cabellos negro, me recordaban como cuando estando junto a ella, el río de las cercanías arreciaba sus embestidas al océano, las nubes en negro verde se avecinaban. Recuerdo que cerca del crepúsculo, cuando el día caía, las nubes se tornaron de un color extraño, algo parecido al ocre y al azafrán, Carmen se divertía viendo, contando las gotas que se atrevían a besar mi cuerpo; el viento cesó, el aire empezó a oler a camarones fresco y, veía como claramente en el cielo se abría un hueco de donde caían peces, renacuajos y algunas sanguijuelas y así todo paro, de súbito, y entre las porcelanas de los dedos de Carmen la última rana del cielo calló.

Plangonologia.- Arte de coleccionar muñecas.

jueves, 2 de abril de 2009

De aquella libertad

 

continuación de “Círculos”.

No quiero inspirarme en las noches llenas de sal, de los días en que las piernas son mas que básculas, no quise tomar la cerrilla y esparcirla por dentro de oropeles.

De aquella libertad, cuando niño orinaba pantalones y seguía jugando con mi perro-compañero, de aquella libertad cuando ungido por cadavéricas pieles, teniendo 20 años, seguía jugando con amor-fausto.

De aquellos círculos que trace con mies, esculpiendo los evos de las circunstancias conscriptas, corrompiendo las deidades de los hijos de dioses impuros. de esos inconclusos que adoran la muerte del poeta.

No quiero ver mi cara envés en el filo del espejo, cuando las navajas estiras dibujen con pasión, casi con miedo cerca de aquellos que fueron faros, de aquellos que fueron sendas de riego, no quiero tener el tacto erudito del cobre para el aqueronte.

Tuve lo que necesite, sacrifique hasta mis dedos, morí por compasión. La muerte es deliciosa cuando la llamas a cuentagotas, cuando asiendo unos cabellos arlequines murmuras a sombras que Dios es el goce, que el Diablo es la túnica de tu piel y que Buda es la cúspide ensangrentada de boca y falo.

Necesite de mil auroras, de mil cuatrocientos tres versos sicarios sobre ti, sobre las campanas del desayuno, necesite escribir las odas de caderas, del Aranjuez del sexo ajeno, llamar al desierto hermano, pedir a la luna el común denominador de alas coadyuvadas cual ambrosía empedernida, en pocas letras, necesite que las noches se pudrieran, que la madera rancia de mi ataúd cual avalancha rompiesen la mitad de mi vida…

Descubrir que soy el que no soy, el que no debió nacer y el que debió morir tres veces, no fue motivo para tomar a la Virgen como cruz de mis lamentosos días. insípido es ahora el recuerdo de tener a una mujer en ciernes, junto a su hijo en su vientre, recostada y pidiendo la punta de una lanza.

Ahora puedo decir que aquella libertad mía, fue autoimpuesta, ¿sabes? ayer me mire en un pequeño gorrión, esté me regreso su mirar y pronto bajo 2 toneladas se encontró.

Eres lo que debes ser… eres la existencia mínima del soliloquio de un poema hecho a la muerte, de una prosa de un ser incomodo viendo como el universo se llena de polvo.

jueves, 5 de febrero de 2009

Inspirado en el Pánico, 3ra parte

Quisiera recordarte pura y hermosa cual gaviota sobre nieve ámbar, amarte sin sollozos, perdonar el frio tacto de la luz inerte, qué esta historia hubiese sido corregido sin presura y que nuestras vidas cual telón fueran el puro inicio de la remembranza de los cipreses.

Contuve la mirada entorno al espejo, sentí la necesidad del calor magra de pieles sobre mi, me quieté el saco y tras prender un cigarro corrí al baño baje mis pantalones y con puro instinto así mi pene erecto, el humo y el placer me acordaban que fuera no era día; del vapor de aquella noche cuando eyaculando en tu boca quise pasar el resto de mi vida en ti.

Antes de mi clímax recordé a Murakami, deseé que los tigres en mantequillas se convirtieran y que el mundo por un rato no tuviera cuerda, la ceniza caía sobre mi regazo pero absorto seguí con tal faena, mi corazón a punto de latir con otro nombre, mi alma salaz gritaba tu culpa, los cuerpo son fríos sin un prado de vellos.

Ese día al marcharme musité que te amaba más que la miel a la lujuria, que olvidarás al otro y marcharás junto a la puesto de los luceros junto a mí. No dijiste nada, ni adiós, tomaste la copa y seguiste bebiendo, supe que era un juego para ti y me excito de sobre manera.

Tras por fin acabarse mi cigarro, eyaculé con hastío, quiero enamorarme al final de mi vida y ser plural con los soliloquios de manos sobre cabellos, ser amo en la plusvalía de lamentos a la luna mediocre, ser tu amante junto al palíndromo de caricias, pero no puedo, esa noche acabaste egoístamente con mi objeto de placer, la vida tuya.

Recuerdo las noches cada año, mi lecho se tiende de lagrimas y las esferas de la primavera vagan en torno al ultimo suspiro mío antes del sueño, extraño la ropa sin arugas de tu piel, el vestido franco que al verme vociferaba exequias a mi piel.

Al llegar a mi casa, encontré un mensaje en mi grabadora, me llamó la atención que fueras tú una hora antes de vernos, todavía en está en el aparato tu voz…

Decía, mi sueño interrumpido, aquel que llamó Belcebú, el Cristo del crisantemo, el amo del paraíso neutral, ¿será hoy la última noche en qué pueda confesarme? Espero verte pronto y que saborear el vello público de la nobleza esgrimida…

Nunca. Ni en mis fantasías hablabas así. No logro comprender que quisiste decir.

Al día siguiente te encontraron atadas de manos y pies, ahorcada junto al respaldo del sofá, tu piel rezaba amores en finas hebras, el cabellos sediento de sangre cual tulipán sin polen estaba.

“La tierra es paraíso neutral”…esa noche sin dormir regresé al hotel a verte.

domingo, 1 de febrero de 2009

Inspirado en el Pánico, 2da parte

Quiero resarcir mi pasado, llevar mi cruz de otra forma y no ser más él que amaste. Dejar de venerar la tumba y el atrio de la memoria.

“La tierra es paraíso neutral” eso reza los caracteres tatuados en mi vientre, cuento las cicatrices de mis brazos, de mis piernas y la de mi nuca, siguen siendo 9 en total, cuando te conocí eran las mismas y ahora no han cambiado… desnudo encuentro el traje color Oxford que tanto odiabas, la camisa beige y la corbata color crema, de memoria y en automático unjo mi cuerpo con prendas sin aroma, sin un atisbo de algo.

Hace un año falleciste, hace un año llevaba es mismo color en mi vestimenta y oía a Wagner. Cantaban sobre las doncellas del Valhala. Te conocí en el peor momento de mi vida, y ahora sé que no debía haber acercarme demasiado, el egoísmo trascendió las pautas de la razón, mi desazón era tal que necesitaba un ser que arropara mis lamentos. -Recuerdas el agrio sonido del bajo que lloraba al claro de luna, de aquella luna que baño tu cuerpo aciago la noche en que musitamos discordias a las melancolías, a la religión- le musité al espejo.

El cloro en mi lengua aún vive ¿sabes?, aquella noche viendo cómo los muerciélagos bebían agua de aquella turqueza alberca, mientras tu yyo abrazados en discordías debajo del rosal casi desnudos; hoy frente a mi reflejo la sangre de mis yemas fluye, el olor d tus dientes en ellas es mítico, nunca imaginé que esa sería la última vez en ver tu amor.

Salimos presurosos, el traje Oxford corría mán lento, es noche la cita empezó al azar, nos encontramos cerca de tu trabajo, platicábamos cuando la hora de cenar toco a la puerta, el hotel de siempre, pero ahora cenamos en el bar, en el aire una pereza por subir a la habitación se hacia presente, tu cuerpo predecía el acontecer, besos, carias irrisorias, todo para que al final me fuera como sombra entre cadáveres...después de la cena me hiciste el amor cerca de la alberca y fue la primera vez que preguntaste que decía mi tatuaje, y hasta la fecha no creo que comprendas su significado.

Me obsesiona el espejo de sobremanera cual rutina las paredes de mi alma colapsaron, es irrisorio decir del frío calando los huesos, es estúpido cambiar mi cuerpo por el de las estrellas, cómo aquel día, nuestra penúltima cita, antes de salir de casa. El efluvio que en navidad me obsequiaste, a la casa la tomo por sorpresa saborearla de nuevo; nostalgia en el ambiente, la famélica botella está como siempre, casi nueva.

Elogiabas mi personalidad cual madre le pedía a su hijo que acabase de comer. Los encuentros de casuales a formales pasaron sin darnos cuenta, cena en casa de tus padres, desayunos en mi cama, fin de semana en algún spa de los suburbios, nada especial, nunca desde la hoguera sentí las voces de la infancia mía callar, te amaba, idolatraba la forma de moverte, pero la luz de aquella primera vez fue, era lo más cercano a completar mi estereotípico romance.

Fui a la cocina, una tradición de mi época de estudiante, llene un vaso con agua del grifo, lo bebí a la mitad, el sabor a cloro del filtro me recordaba el olor de la alberca. Vertí el agua en el desagüe y sin apetito volví otra vez al espejo, todo era igual, no había envejecido, los segundos pasaron pero mi piel era la misma.

Los senos invitándome a morder más que carne, no había luz eléctrica, solos junto a la ventana desnudos depositábamos besos y gemidos y cuál ranas la luna nos arrullo en el terraplén de la mustia habitación, usurpe muslos con las venas de mis sienes, colapsando en torno a la carne la luna llena esculpía arrugas sobre tez, esparcía runas en las sombras al azar, me veía como un niño entorno a un animal muerto y en el segundo posterior como un animal muerto en el regazo de una puta.

–Te amo- estoy seguro que fueron tus palabras al rocío de la música y del agua sobre tus labios, te amo susurro la sombra a los ojos de las manos de tu prometido. Mientras al otro lado de la ciudad tomaba el saco de una silla de ratán y me despedía con aires de señor de una mujer que conocí unas horas antes.

miércoles, 28 de enero de 2009

Inspirado en el pánico, parte 1

Quiero encontrar mi amor cerca del ocaso de mi vida, encontrar que soy más del sueño de unos impuros, entender que el infinitivo sólo me hace ver más pasajero. Quisiera comprender porque las rimas nacen de la yuxtaposición de hechos incoherentes y porque la inspiración en el pánico es sublime.

Cerrando los ojos quise contar las gotas, aquellas luciérnagas que morían entorno a mi vientre y adentrándose en mí boca musitaban el adiós, imagine el calor de la arena, el lugar de mi primer beso y único desdén.

Creo, que éramos jóvenes batiendo alas al ruedo del fuego y cerrando las plumas en el cielo rondamos, cuando el sol adentrose en la música de nuestros días, los oídos cantaban algo parecido a Mozart, pude ver el translúcido sudor en tu lengua y oír los ruiseñores de mi excitación. Me adentre al sutil roce de prendas, aquellas que serían siempre las amas de mis ilusiones, de mis eyaculaciones; musité para mí, algo que te hizo reír a carcajadas y sonrojado puse tu mano en la tierra y tu cara en mis besos.

Aluciné con la ropa en la hoguera, cada ves que veo el humo salir de mi boca; regreso a ese día, sus pezones jugando con mi lengua mientras mis dedos castigaban su cabellos, fue la primera vez que lo hacia por amor, y cual sabor de mi puro a vainilla ese sabor tenia su piel cerca del final de su espalda.

Sentado en mi cama, con mi habano casi a la mitad, la toalla hace lo que tu una vez, amarme…

Hoy hace un año falleciste, no puedo sentir las lágrimas fluir pero sé que estoy llorando al ver mi pecho mojado. No fuimos amantes, no fuimos nada, aquella noche te amaba por ser una ninfa, una musa del concierto de mi vida.

lunes, 19 de enero de 2009

Dulce piedad, hermosos recuerdos

Recuerdo cómo las hojas de aquel viejo roble no paraban de caer, cómo la risa de los infantes se convertía en júbilo por la nieve al acercarse.

Siempre tomaba ese sendero por la rivera, con el sol a mis espaldas y los cerezos protegiéndome de la brisa y el rocío de la mañana.

De regreso, ya por la tarde, me sentaba en las orillas del parque en una vieja banca de madera; que era testigo de amores platónicos y de romances idílicos. Allí contemplaba el auge de la luna y cómo el sol regresaba a su morada a descansar.

Somos criaturas de rutinas.

Recuerdo que caminando entre apresurados hombres e infinidad de multitudes de mentiras. Pude a lo lejos percibir un aroma que heló hasta el caminar mío. Pero todo era gris, y no fui capaz de encontrarlo de nuevo.

Esa noche, en mis aposentos tratando de dormir, sentí esa fragancia que ahora despertó mi sed de amor.

Mi imaginación, mis sueños y deseos se fundieron tratando de darle un rostro, tratando de conocer su nombre.

Al siguiente día, todo mi mundo era ella, no podía caminar sin que mi mente y mi esencia se preguntaran si eras esa mujer que acababa de pasar junto a mí o aquella que de reojo ponía a temblar a mí andar.

Fui sin vacilar a aquella plaza de piso de piedras, pero no encontré nada. Busqué por todos lados un atisbo de tu esencia; encontré caminos vacíos, sombras fantasmas pero nada parecido a ti. Pensé que la tranquilidad de la rivera me ayudaría relajarme.

Recuerdo que camine horas y te extrañaba más, que recorrí muchas avenidas y me enamoraba más, solo el sonido de mis pasos en el pavimento era mi fiel compañero, el testigo mudo de amor y dolor.

Recuerdo que veía cómo el sol se ocultaba y te daba nombre y llenaba de caricias, pero el aire las tomaba y las esparcía entre las azucenas.

Todo pasa por una razón, había olvidado lo que es el amor, lo que profesaba pero no lo creía. Y heme aquí inspirado por un perfume.

Los fulgores del día acababan, sólo el reflejo en el río nos decía que había salido el sol.

Con mi andar cabizbajo, inmerso en pensamientos y deseos, esa dulce fragancia hizo que latiera aún más mi corazón…

Ahí, sentada al cobijo de los cerezos, con un mirada llena de vida e inocencia, se encontraba la ama y dueña de ese efluvio, del sortilegio que hizo de mis noches algo interminables.

De pronto sostuvo mi mirar, pupilas se dilataban, viento tomando cabellos cuál águila en caza, atardecer en ocre; sus ojos eran aún más hermosos cuando el sereno se acercaba.

La brisa, las nubes, las ondas del río, todo se apagó en ese momento; era como si en aquel perdido paraíso, sólo existiremos los dos.

Miré como se ponía de pie, se acercó a mí y pasó de largo, tras decir: Buenas noches.

El dolor y el placer convivían juntos otra vez, deseé que no fuera un sueño, que fueras real. De caminar seguro, de andar pausado, sin prisas, con un elegante porte. Pensé.

Y recordé como me gustaban las rosas rojas.

Estaba embelesado, la poca luz intensificaba el color de mi vida, el color de su presencia; la pasión, el romance todo mezclado tras el rojo de sus caireles.

No podía moverme, aún no quería moverme: el miedo a perder el retrato dejado por la figura o, encontrar con que me viera a lo lejos, en mí se precipitaba.

Ahora viene el dolor, pensé al llegar al pórtico de mi casa.

No sabía quien era aquel que me veía en el espejo, estaba confundido sin saber qué hacer. Soñé con su voz, sonrisa, rostro, sus besos perseguidos, miré al infierno y el color de sus recuerdos eran más devastadores, el cielo sólo rugía el sabor de lo inesperado como mis días.

Reía al verme así, me consolaba en los días que no la veía y trataba de olvidarla en las noches cuando mis sentidos captaban su reflejo.

Miles de planes a la basura, cientos de ilusiones, de anhelados deseos se conjuraban entorno de mis recuerdos, le daban nombre, vida. Tal vez era brujería llegue a pensar, ¿una criatura de rutinas?

Mi perfecto escondite se estaba destruyendo

La esperé un sin fin de días, viendo como se apagaba el sol y se encendía la luna.

Talle mi nombre en medio de aquel cerezo donde la vi, y como no sabía su nombre sólo puse: Angel y mi confortable anhelo; deseando que lo vieras algún día.

Repetí esa usanza por todo mi cuerpo, por todos los papeles que llegaban a mis manos. Todas las superficies eran presa de mis deseos y testigos de arrebatadas pasiones.

La pureza de la nieve, me recordaba su noble sonreír, el frío estremecedor hacia que mi sangre recorriera cada músculo y nervio mío, una sensación muy parecida a cuando…

A la distancia oí su risa, la seguí, la busqué, pero sólo el vaho de su vida encontré. Me arrodille y sentí el calor de sus pisadas y aunque patético, me sentí más vivo.

No podía seguir así; me di a la tarea de olvidarla, pero no podía, trataba de concebir otra vida para ella.

Poco a poco me fui dando a la idea de estar solo otra vez, pero el fantasma de su recuerdo estaba latente. No podía alejarme de aquello que me había traído vida, no podía. No quería.

Para mi suerte o desgracia, la encontré de nuevo, con la misma mirada, pero había algo diferente…, La inocencia seguía, el perfume también.

Mis recuerdos no eran tan exactos, eras mucho más hermosa ahora. Creo.

Estoy seguro que despertó de su pensamiento cuando la miraba impasse, con mi boca entre abierta e incrédula, sólo dijo: Buenas tardes.

Ni en mis más perfectas fantasías, tu voz sonaba tan sublime y dulce como aquel día.

La risa de los niños en alegorías estaban, la brisa se había detenido, todo ese espacio era regido por un ámbito idílico.

Tomé valor, ¿de dónde? No lo sé. Respire profundo y respondí: Buenas tardes. Mientras pensaba: mi confortable anhelo.

Ya no necesitaba más de mis sueños ni de ilusiones, ahora la tenía frente a mí.

Recuerdo cómo su mirar se perdía entre mis palabras llenas de miedo. No decía nada, sólo seguías mi boca con su nobleza. Y ahí estaba tan tranquila y yo muriendo por dentro, literalmente. Contemplaba la unión del reflejo de mi persona, del cielo y del poco sol.

Y reuniendo valor nuevamente, pude preguntar su nombre. En un eterno silencio, sonrío, clavó su ángel en mí. El perfume se intensificaba, se convertía en el aire de esa tarde, el rojo de ese ser me distraía de sus labios, sólo dijo entre aquella dulzura tan característica: Mi nombre es...

El sol de la mañana entraba a hurtadillas por entre mi ventana, abrí los ojos y mirando al infinito de su grácil presencia, sonreí un momento, sentía como mi corazón aún latía deprisa. Suspiré, tomé mi soledad. No era la primera vez que sucedía esto, y como deseaba que fuese la última. Y dirigiéndome al vacío de la vida, pensaba, no pudo haber sido un sueño. Reía para no llorar, y deseé con todo mí ser que fuera de verdad….

lunes, 5 de enero de 2009

FETICHE

Incrédulas miradas,

frenesí de olores.

Cúspide de corrupciones.

La canción de mis ecos.

La excitación de mis pupilas,

la irritación de mis hijas.

Quietamente, mi idilio se convierte en un exiliado.

El límite se ha sobrepasado, basta de juegos,

es suficiente de esta porquería.

Ícaro no fue lo suficientemente sagaz para conseguirlo,

el sol, el fulgor dorado, llena de ecos la miopía del rinoceronte,

saca a vuelo dragones drogados, unicornios extasiados.

Irradia calor a la bella luna, mientras

las hijas de Eva, solo yuxtaponen sentimientos entorno al sonido de mis lamentos.

Adoramos rosas, juegos, violencia y almizcle.

Amamos insolencia, ríos de violeta y jicaques cerezos.

Idolatramos futuros y sombras de pieles, piernas y oídos.

No queremos morir solos, pero la soledad es la única que se atreve a hincarse envés frente a nosotros.

Que lloren los alfanjes, que rían los copiosos barrocos, los avatar misóginos.

Que mi ira y mi amor cual alfaguara cople los sentidos de mi última noche, de mi pesada trémula inocencia de miradas salaces.

La tristeza, la nostalgia nos sirve para terminar lo que no fuimos capaces de hacer una vez, nos recuerdan lo poco humanos que somos y los dioses solitarios que imaginamos ser.

El cuadro de la vida en frágiles rubíes yace.

El yugo de una mirada sorpresiva, la caída de una sonrisa inexpresiva,

el dolor de no tener a nadie, o de que éste sólo esté en nuestro pasado, es el color diario de nuestros pesares.

Y ni la madre que nos parió y nos hizo ver la luz por vez primera, tiene tal respuesta

¿Por qué amamos el pasado, el volver a él?

Los jilgueros cantarán por última vez, los ruiseñores se ahogarán entre sus irrisorias jactaciones, que otros se atreven a llamar cantos de amor.

El amor te hace vivir, creo.

¡Muéstrame a alguien que no haya amado como dos, que nunca su corazón se haya roto, enséñame a la persona con el corazón frió y la cabeza candente de sentimientos!

¡Hela aquí! Es lo unió que quiero oírte decir.

Mientras tanto eyacularé sobre las faldas de la nostalgia, le haré el amor a la sombra de mi olvido.

Ven, y oye mi canto,

ven, y te enseñare mis letras por algo que no tengo,

por algo que no encuentro, que sé dónde lo dejé, pero ya no me recuerda.

La oscuridad va venciendo mi jocosidad, va derrumbando cada hebra de mi cabal, cada pistilo de mi respirar y consumiendo cada introversa mía; en pocas palabras no entiendo nada, no quiero nada.

Ojos,

boca,

el puente de mis gélidas poesías,

la luz de tus impotentes fragancias,

la huida, la fuga, el grosso modo de mi amor por ti

y la destreza de mi lengua entorno a tus cabellos, cual simio entre una jauría de hienas es. La única ventaja que alcanzo a poseer ante ti, es la mentira de tus palabras que rezan, que alaban el poco vaho de mi cariño.

Torturar, amar, dominar al intangible suspiro de tu boca.

El poeta sin cartas.

El músico sin colores.

El pintor sin melodías.

La vida sin paradojas.

Vació al fin, caos al fin, eternidad y frivolidad,

garúas de ayeres entorno a mis dañanas pupilas he imaginado,

y deseado que cambie todo, deseando que mi Dios me perdone.

Que me pidas un quejumbroso beso, un exquisito adios.

Morir, vagar entre los cielos de opio,

que el amante peyote se lleve la poca fe en mí y la mucha esperanza del jaguar rendido de mi entrecejo.

Dormir y amar en tristes recuerdos.

La verdad, no sirve para mucho,

sólo para recordarnos lo poco sabios y la mucha cabeza que tenemos, para que todo al final no salga como lo planeemos.

Mi fetiche, mi idilio, mi religión, mi santo ayer.

Te fuiste sin recordar que en la nevera esta mi humilde venganza.

Fetiche mío, perdiz de mi esperanza, te olvidaste de recoger los trozos de los platos ociosos de mis ojos.

Y qué decir de la vez que me miraste y dije, puta madre.

Qué decir de la vez que me besaste y recordé el guiso de mi madre.

Te recuerdo entre pasiones arrambladas y excursiones de vid iracundas,

te amo en la noche de jirones y en el satín de mis deseos.

Olvidarte es un pecado. Pero igual sé de religión, lo que Picasso de la antártica.

Hadas de poca ropa vuelan en mis pos de mis sienes, como quiero que vuelen más bajos para alegrarnos el día a todos.

La cruz de mi parroquia de ocre es, creo, hace tiempo ya que la limpiaron.

Extraje de mi mente, bajé de mi cerebro la cruz de tu cuello, esa cruz que se dibuja de lado a lado de tus hombros y baja entre senos inertes y creo que lo ví en un tul ocre o en una piel cobre…

No lo recuerdo, esa vez estaba más ocupado deshaciendo mi lujuria, escociéndola entre palabras bellas, tejiendo un cuento para idolatrar la falta de aliento de tus pupilas y el exceso de estamina de tus axilas.

Todo el día de ayer me dediqué a claudicar en la pared, jugosos versos llenos de elixir de este paria hombre.

Todo el día de hoy me lo pasé, rondando y caminando por la barba de tu padre, que sermoneaba a un hijo de nadie, estupefacto me quede al saber que no se refería a mi al decir lo poco hombre que era, pero fue interesante saber que se digiera a tu madre…

Inútil me han dicho, antes y después de la cama, pero nadie durante.

Tal vez sea por cortesía o en espera de que el espectáculo mejore.

Mas nunca me importo hipnotizar a muslos con mis radiantes ojos, ni complacer ropas con astillados besos.

Una vez en el barrio del sur, al anochecer una pequeña niña de ruborizantes ojos verde azulados me paro en seco, y mojado de la incertidumbre de su mirada, estático orine una plegaria.

Ella me contó que en las noches la llorona se lleva a los hombres del río,

que en el día el hombre de negro baja de luto y en duelo a los curas los toma de las orejas y come sátiras y dulces, helechos y mierdas de limosnas.

Y cual milonga la tarde languideció.

Pero lo que en verdad me desconcertó, fue el hecho de que en los sillones de la última casa, ahí donde habitas, estaban llenos de lágrimas falsas y de risas construidas.

Al final del día desperté, el hombre de negro y la llorona se consolaban guardando recuerdos y custodiando cuerpos.

¿Te has dado cuenta que mientras leías todo esto, yo estaba en el cuarto de mi anhelo, destripando mi cerebro y creando consuelo?

Que conseguí infiltrarme en su vida.

E intente descifrar las moscas de sus preocupaciones.

Iluso.

Cretino.

¡Que la función termine, que el anfiteatro se colme de venas, de migajas, de aves rapaces!

¡Todo el mundo unido, todas las miradas unidas!

¡Acérquense todos a ver como me humillo, como me comporto estúpido!

El fetiche de mis besos, de mis caminatas nocturnas, se voltea y dejándome ver su entrepierna, desaparece cual monaguillo en el púlpito del feliz cura.

¿Nunca has oído a un ser enamorado?

Es lo mismo que ver a una gallina comer sin cabeza,

se parece mucho a un banco de lombrices en la boca del tiempo.

No dice nada, no oye nada.

La verdad, no es nada.

Ven, vamos matar al olvido,

a desgarrar al recuerdo,

a curiosear entre morgues de besos y apuñalar lamentos.

Busquemos los olores, los sabores, las vistas de los ayeres enterrados, sepultados por inocencias.

Somos necrófilos y pederastas al final de nuestro llanto.

Lo único que nos llena es acompañar al velorio, sentirnos mejor levantando piedras y ocultando alaridos de amor en los silencios de la lucha de géneros.

Y ante el caballero redentor, nos hincamos y prometemos, rezamos para olvidar:

¡Qué las veladoras consuman los tormentos, que sellen las heridas del corazón!

Frió de verdad ha de sentir él, ahí postrado en el altar, olvidado por necios y llenado hasta el cuello de pliegos sicarios, de oraciones primaverales, para ver que en el otoño de la tarde, las miles de palabras descritas con pasión y arrojos en ellas, son usadas para maldecir, para secuestrar a la noche y llenarla de vacías penetraciones.

Proclamando deidades y nos metemos al fuego de la vida todo por una persona que no sabemos si nos ama.

De la mano y de los huevos nos tiene el demonio de jariosos ojos, el de dientes de oro, aquel que rumia y ruge en las noches precoses, que se llena de pasiones azules y de hijos negros, el mismo que arrulla doncellas y acaricia vírgenes, el que come de la almohada llena de varices por todas las horas de gritos y arrepentimientos nuestros, el que crece cuando deseamos cambiarlo todo, el que en otras culturas se atreven a llamarlo, recuerdos.

Ángel.